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Desde fuera, el edificio se mantenía totalmente en silencio, como si no hubiese nadie. Mientras, alrededor, frente a la puerta, un montón de coches aparcados, madres y padres charlando, esperaban.

Entonces sonó un timbre. Un timbre largo, como de un gran despertador, y todos los allí reunidos alzaron la vista instintivamente hacia la puerta del edificio de ladrillo rojo en el que se podía leer, en letras grandes y doradas: ESCUELA.

Hubo sólo unos segundos más de absoluto silencio y, de repente, desde dentro del edificio, resonó como una tormenta que se acercaba, una estampida de animales que hacen retumbar con el golpe de sus cascos el suelo de la llanura. Un millar de voces se alzaban poco a poco tras los muros y estallaban en el aire a través de las ventanas, como cuando la tormenta está justo encima de nosotros y explota en un aguacero que nos impide ver lo que hay más allá de nuestras narices.

Alguien abrió la puerta de salida y, al cabo de algunos segundos, una marea de niños se desbordó por todas partes como si alguien hubiese dejado escapar las aguas de un embalse.

¡¡Habían empezado las vacaciones!!

 Todos buscaban a sus padres, a sus madres, a sus abuelos, a sus tías… Todos corrían con los ojos brillantes, felices, soñando con unas largas y merecidas vacaciones, lejos del cole y de los libros, con los amigos, la familia, viviendo aventuras, visitando lugares nuevos o, simplemente, estando en casa, jugando, leyendo, haciendo maquetas, disfrutando de tiempo libre, sin deberes.

 Un gran danés, que había estado quieto y en silencio, sentado bajo la sombra de un gran árbol, enderezó su cuello y sus orejas cuando había sonado la campana, y estaba ojo avizor, como esperando alguna orden. De repente se levantó y comenzó a correr en dirección a la puerta del colegio, ladrando continuamente, como avisando a alguien.

– ¡¡Gandalf!! – gritó de entre la muchedumbre una niña con dos coletas, ojos marrones y sonrisa inmensa.

El perro se detuvo delante de ella, le lamió la cara un par de veces y dejó que Molly se abrazara a su gran cuello peludo.

– Ahora tenemos que esperar a Ben, como siempre, – le dijo al perro. Gandalf ladró, como asintiendo.

Los niños iban saliendo apresuradamente de la escuela, buscando a quien fuera a recogerlos para perderse, definitivamente, hasta después del verano.

Todos salían con una inmensa sonrisa en la cara, felices, y se despedían unos de otros.

– ¡Hasta septiembre, Sara!

– ¡Que te diviertas mucho, Carl!

– ¡Pasadlo bien y no olvidéis leer mucho y obedecer a vuestros padres! – gritaba la señorita Helen desde la puerta por la que todos habían ido saliendo.

 Al cabo de un rato apenas quedaba nadie en los alrededores, salvo Gandalf y Molly, que se había sentado al borde de la acera y tenía cara de pocos amigos. El gran danés se mantenía erguido, en silencio, con sus profundos ojos oscuros fijos en la puerta del colegio.

Molly se puso en pie cuando vio que la señorita Helen estaba a punto de cerrar la puerta definitivamente hasta después del verano.

– ¡¡Señorita, espere!! – gritó.

La espigada y morena profesora se giró y miró hacia donde estaba la niña. Al darse cuenta de quién la llamaba sonrió ampliamente y esperó a que Molly y Gandalf llegaran hasta ella.

– Ben de nuevo, ¿verdad? – les preguntó. Gandalf ladró, asintiendo – Está bien, vamos a ver dónde se ha quedado esta vez.

Entraron los tres en la escuela y recorrieron juntos el largo y, esta vez ya, silencioso pasillo, a cuyos lados se abrían infinidad de puertas de aulas vacías y perfectamente ordenadas.

Fueron a la zona de los pequeños que tenía grandes paredes de colores, inmensas pizarras y manos de niños azules, amarillas, verdes, rojas, violetas, rosas… pintadas a todo lo largo del pasillo principal: las manos de todos y cada uno de los niños que habían pasado por allí en toda la historia. Molly se detuvo un momento a mirar las suyas al pasar a su lado, de color verde; justo debajo, las de Ben, amarillas…

Llegaron al aula, entraron y vieron que todo estaba recogido y organizado, las sillas encima de los pupitres y ni un abrigo o cartera en las perchas…, salvo el sitio de Ben. Allí había, abiertos, un par de botes de pintura y unas huellas de pequeños dedos que habían dejado varias líneas de color azul, rojo y amarillo sobre la mesa.

– ¡¡Beeeen!! – gritaron a la vez Molly y la señorita Helen.

– Gandalf, busca a Ben, ¡corre! – le dijo Molly al gran danés que, tras olisquear un poco el aire, inmediatamente comenzó a correr, ladrando, hacia el patio trasero.

Allí fuera estaban los toboganes, las pistas de deportes, una gran llanura en la que los niños podían correr y columpiarse durante los recreos.

Justo en el centro del patio había una pequeña construcción de tubos y pasarelas un poco elevados del suelo, con un gran tobogán en uno de sus lados para bajar y cuerdas con grandes nudos y escalas para subir.

Gandalf se dirigió directamente allí, trotando con su enorme cuerpo y sus largas patas elegantemente sincronizados.

De repente un rostro regordete, con rayas de colores bajo los ojos y la frente, apareció desde detrás de una de las pasarelas que pasaba de un tubo a otro del gran tobogán, apuntando con un palo hacia donde estaba corriendo el perro, que se acercaba trotando rápidamente.

– ¡Pam, pam! Estás congelado, Gandalf – gritó.

De inmediato el perro detuvo su carrera, dio un aullido entrecortado y cayó desplomado al suelo.

Molly y la señorita Helen llegaron a su altura y se asomaron a su enorme cabeza; tenía los ojos cerrados y la lengua fuera.

– ¡¡Ooooh, venga. No le sigas tú también la corriente, que quiero irme a casa!! – dijo Molly al perro tumbado en el suelo.

Gandalf dio un ladrido y se puso en pie.

– Vamos Ben, ya se han acabado las clases por este año. ¿No quieres irte de vacaciones? – preguntó la profesora al pequeño mientras le ayudaba a bajar de su improvisado fuerte.

– Las vacaciones son aburridas. Todo el mundo se va y no hay nadie para jugar – dijo el pequeño Ben con su pelo enmarañado y su cara llena de rayas rojas, azules y amarillas.

Molly quiso ponerse seria, pero al ver su rostro manchurrado de colorines no pudo más que reírse y decirle suavemente:

– Este año vamos a pasarlo muy bien, ya verás.

– ¿De verdad? – dijo él como si le hubiesen prometido un magnífico regalo de reyes.

– De verdad – contestó Molly.

– Muy bien, chicos, tenemos que irnos. No querréis pasar aquí encerrados todas las vacaciones, ¿verdad? – les preguntó la señorita Helen mientras acariciaba primero al inmenso animal que estaba a su lado y luego a los dos niños.

Por la cara de Ben pasó un gesto que dejaba leer un «¿podemos quedarnos aquí todas las vacaciones? ¿Podemos, podemos, podemos?», pero su hermana, que ya lo conocía, respondió por él.

– No. Nos vamos a casa, señorita Helen. Gracias.

– Gracias a vosotros. Y recordad ser buenos, descansar, divertiros mucho y leer historias fantásticas. Nunca se sabe qué aventuras pueden encontrarse en los libros.

Y mientras ellos regresaban a casa cogidos al collar de un enorme perro que podría perfectamente llevarlos sobre el lomo a los dos, la hermosa señorita Helen terminaba de cerrar las puertas de la escuela y se disponía a disfrutar de unas merecidas y largas vacaciones.

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